UN PAISAJE SIN DUEÑO
La pérdida de habitantes rurales está acabando con el patrimonio natural
Por Tana Oshima. Natura, suplemento del El Mundo, 8 de septiembre de 2009
Despoblación? No, ¡vaciamiento! ¡España está vacía por dentro!», dice
un portavoz del Observatorio Español de la Sostenibilidad al otro lado
del teléfono. «Nada nuevo: lleva ocurriendo 50 años», comenta, a su vez,
Julio Pérez Díaz, demógrafo del CSIC.
Cierto: prácticamente todos los madrileños, por ejemplo, 'tienen un
pueblo'. Esto quiere decir que sus progenitores o abuelos salieron del
campo y ahora vuelven en familia durante las fiestas locales. Algunos se
quedan una temporada ahora que hay crisis; otros, atraídos por la vida
campestre. Por eso también se habla de una leve ralentización del éxodo
rural. «La pérdida de habitantes se ha paralizado ligeramente en estos
últimos años», afirma Jesús Casas, director general de Desarrollo
Sostenible en el Medio Rural, del Ministerio de Medio Ambiente y Medio
Rural y Marino (MARM). Pero, a vista de pájaro, el paisaje sigue estando
hueco.
Ni las dificultades económicas temporales ni las segundas residencias
-ni los llamados neo-rurales- devuelven realmente la vida a los
pueblos: no son suficientes para crear tejido social. «No suponen un
repoblamiento con dinámica propia», explica el demógrafo. Y si en algo
coinciden los expertos es que sigue haciendo falta, al margen de
capitalinos que regresan de vacaciones y algunos escasos neo-rurales
emprendedores, gente que se dedique a las labores tradicionales del
campo. Porque los que quedan ya son ancianos y sus descendientes no
pueden o no quieren continuar la tradición.
«La despoblación en España ha llegado a unos límites no admisibles»,
vuelve a aseverar el director general. Es el caso de Teruel, Soria o
Zamora, donde hay verdaderos desiertos humanos. Algunas localidades
tienen una densidad de un habitante por kilómetro cuadrado: una única
persona en cientos de metros a la redonda. Se trata de promedios,
naturalmente, pero son de los más bajos de Europa. La leve recuperación
de pobladores rurales en los últimos años no parece estar desviando esta
tendencia general, hermana gemela de la litoralización y el crecimiento
de las grandes ciudades. «Seguimos yendo hacia una España muy poblada
en la periferia y vacía en el interior», apunta. Las ciudades se
hacinan, el campo se vacía. La historia se repite y alimenta desde hace
cinco décadas.
PAISAJES INTERVENIDOS
El problema es especialmente grave en un país como el nuestro, con un
carácter bastante rural con respecto a la media europea -el 25% de la
población nacional vive en municipios rurales- y cuyo paisaje es
resultado de la actividad humana perpetuada durante milenios. «España no
es un lugar prístino, como los que hay en Canadá o en la Patagonia,
sino un sistema natural intervenido. El mantenimiento de esos valores
está asociado al hombre», continúa Jesús Casas.
Desde hace décadas, la mecanización del campo ha hecho que se obtenga
más rendimiento con menor mano de obra, por lo que la actividad en el
sector primario ha caído en picado. Hasta tal punto que en España
desaparece un rebaño cada día, acogotado por unos precios de venta muy
bajos y unos costos de producción muy elevados. En pocas palabras, nos
estamos quedando sin campesinos.
«Existen ya indicios de que el abandono de la actividad ganadera está
aumentando poco a poco la superficie forestal descontrolada en España
[sin herbivoría, las plantas crecen]», añade. «Existe el riesgo de que
el paisaje se homogeneíce. Habría entonces una pérdida de biodiversidad
importante», señala el director general.
Es el caso de las dehesas, «el mejor invento del hombre» en palabras
de Hermelindo Castro Nogueira, presidente de Europarc-España y profesor
titular de Ecología en la Universidad de Almería. Fruto de milenios de
gestión humana, la dehesa es el mejor ejemplo para ilustrar un sistema
antrópico en el que no hay conservación sin producción, y viceversa. La
dehesa es un sistema mucho más eficiente que el bosque primario e
implica una biodiversidad propia, con especies endémicas como el águila
imperial o el buitre negro.
Pero el abandono del campo está suponiendo también un abandono de
esos paisajes que necesitan de la mano del hombre. Algo similar está
ocurriendo con las salinas, «unos paisajes surgidos del aprovechamiento
de las sales, que es un ritual que se ha llevado a cabo durante milenios
y que ahora está desapareciendo», advierte Castro Nogueira. La pérdida
de habitantes en el campo implica una pérdida del patrimonio natural,
pero también del patrimonio cultural.
Tradicionalmente, los habitantes del medio rural han emigrado hacia
las ciudades en busca de trabajo. Ahora, esa diáspora «no siempre se
justifica desde el punto de vista laboral. En estos momentos,
precisamente, se aguanta mejor la crisis en el campo que en la ciudad»,
dice Jesús Casas. «Pero el déficit de servicios es real, y hay que
atenderlo».
Según el informe de Sostenibilidad Local del Observatorio de la
Sostenibilidad en España (OSE), el 81,3% de la superficie agrícola útil
española se considera desfavorecida. Por desfavorecida se entienden las
zonas de montaña y todas aquéllas en las que hay poca población y en las
que la base de la economía es el menguante sector agrario. En tales
zonas, la falta de diversificación ocupacional agrava el problema del
desempleo.
Las causas del 'vaciamiento' importan tanto como las consecuencias.
La mecanización del campo y la consiguiente reducción de mano de obra,
la falta de calidad de vida y de servicios en los pueblos y las
expectativas que generan las ciudades crean una situación en la que la
despoblación llama a la despoblación mientras las ciudades se
congestionan más y más. Pero el mayor drama, quizás, sea la ignorancia
con la que se vive en las capitales. «¿De dónde vienen los alimentos que
tomamos, el agua que bebemos?», recuerda Jesús Casas. De hecho, una de
las principales inquietudes de los profesionales de la conservación es
esta desconexión entre la vida cotidiana y la naturaleza en las nuevas
generaciones urbanitas (y, a veces, no tan urbanitas).
LO QUE EL CAMPO NOS DA
«El medio rural presta muchos servicios a la ciudad, mucho más allá
de los alimentos. Presta servicios ambientales fijando el CO2 o
limpiando el aire, pero también conserva un patrimonio cultural, ofrece
una capacidad de estabilizar el territorio y de asumir los impactos del
medio urbano. Además, aporta sosiego y tranquilidad», enumera el
director general de Desarrollo Sostenible en el Medio Rural. «Hay que
devolverle al campo todo lo que nos ofrece».
El mayor reto no es que la gente vuelva al campo, sino que se quede
en él. Para ello es necesario aumentar la calidad de vida de los
residentes locales, aún muy deficitaria. En muy numerosos casos las
necesidades básicas sanitarias y educativas no están bien atendidas, y
los aldeanos se ven obligados a trasladarse a otros municipios para
cubrirlas. Los medios de transporte son además escasos y a menudo se
trata de pueblos muy mal comunicados. Y con casi tanta gravedad como la
ausencia de esos servicios básicos aparece la brecha tecnológica, que
aísla aún más a estas localidades y ejerce un enorme efecto disuasorio
tanto para los jóvenes locales como para posibles nuevos pobladores.
Pero, a veces, tal vez ni siquiera es un colegio o un centro de salud
lo que necesita un pueblo. La falta de comunicación entre las
administraciones y los vecinos de un municipio está en la base de esta
desatención. «El problema es que los modelos de organización
territoriales suelen estar dictados desde arriba», admite el director
general. «Hay que escuchar a la gente para ver lo que quiere». Contra la
despoblación, no se pueden aplicar fórmulas. «Hasta ahora, se había
recurrido a la dotación de infraestructuras. Ahora hay que prestar
atención a lo pequeño. Una autovía puede facilitar el acceso a una
localidad, pero también puede ser un elemento desvertebrador. Cada
pueblo puede tener unas necesidades distintas, y a veces las soluciones
son más sencillas de lo que parecen», añade.
Una vez más, las energías renovables y las tecnologías verdes vienen a
ofrecer su mano salvadora. Pero sólo en parte. «No se trata únicamente
de producir riqueza económica. El dinero tiene que redundar en la
población local y en su calidad de vida. En ese contexto, cualquier
iniciativa es interesante», puntualiza Casas. Actuar a nivel local y
fomentar actividades económicas es lo que hacen diversos grupos de
acción, dedicados tanto a atraer nueva población como a fijarla. La Red
Española de Desarrollo Rural (REDR) coordina este tipo de iniciativas a
lo largo y ancho del territorio nacional, desde ecoaldeas a la
universidad rural, pasando por el asesoramiento a nuevos emprendedores
urbanitas que quieren instalarse en los pueblos.
En la mayoría de los casos, se trata de experiencias piloto
financiadas por los fondos europeos para el desarrollo rural a través de
las comunidades autónomas. Según REDR, los resultados son visibles a
nivel local, pero sobre todo están permitiendo abrir nuevos caminos
hacia otra visión del mundo rural.
No obstante, para algunos expertos, vivimos un proceso irremediable
hacia otro modelo de sociedad. Un futuro, que, eso sí, «deberá ser
sostenible para poder desarrollarse», explica Pérez Díaz.
«En las últimas décadas ha cambiado mucho la concepción de lo que es
rural», afirma. «Muchas zonas que antes eran rurales ya no lo son,
aunque lo sigan pareciendo por el paisaje. En realidad, ahora están
prestando servicios urbanos». Además, matiza el investigador, las
ciudades absorben a los municipios colindantes y van tejiendo un
continuo urbano en el que es difícil distinguir los límites entre una y
otros. «Si utilizas criterios estadísticos, un municipio rural es aquél
que tiene menos de 50.000 habitantes. Si el criterio es el tipo de
actividad, en muchos pueblos ésta es básicamente del sector servicios,
lo cual sería una característica más propia de las ciudades», añade. Es
lo que ocurre con algunos pueblos del Pirineo, por ejemplo, que «son
'muy rurales' en apariencia pero viven en realidad de una estación de
esquí», comenta.
«Quizás vayamos al modelo suizo», continúa el demógrafo. «Allí, no
sabes dónde termina la ciudad y dónde empieza el campo. Pero el mundo
rural tiene calidad de vida».
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